Valle del Encanto Imprimir

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Se encuentra ubicado a 24 kilómetros de la ciudad de Ovalle, IV Región de Chile En la zona se encuentra un antiguo asentamiento indígena en el que permanecen importantes vestigios arqueológicos como petroglifos, pictografías, piedras y tacitas o morteros. Este lugar fue descubierto arqueológicamente en el año 1946 y fue declarado monumento histórico nacional el 5 de febrero de 1973.
El Valle del Encanto recibió su nombre al conocerse diversas leyendas que dicen que el lugar estaría encantado. Observarlo, visitarlo, nos hace retroceder en el tiempo y participar en las ofrendas que los primitivos habitantes de la zona realizaban a sus dioses. Era un lugar donde concurrían cazadores y pastores, aprovechando las excelentes condiciones que posee, principalmente la existencia de agua permanente en su lecho, incluso en años secos.
Las excavaciones en el Valle del Encanto han permitido determinar que fue habitado desde hace casi 4.000 años por grupos de cazadores y recolectores de cierta tradición costera quienes a comienzo de nuestra Era dieron paso a nuevas oleadas de individuos, hábiles ceramistas, recolectores con uso creciente de técnicas agrícolas, ganaderos, semi - aldeanos que habitaron el lugar hasta el siglo VII d.C. aproximadamente.

PETROGLIFOS
En la superficie de las grandes rocas que conforman el lugar podrás ver gigantes petroglifos. El principal elemento decorativo de los dibujos es la figura humana que se encuentra generalmente en actitud de movimiento. Los rasgos faciales se advierten señalados con círculos y líneas para los ojos, narices y cejas; la boca no se dibuja. Este conjunto de elementos ha permitido a los arqueólogos formular un estilo de arte rupestre, llamado el "Estilo Limarí".

PICTOGRAFÍAS
Las pictografías son de color rojo y se encuentran en escaso número. Presentan una temática geométrica de líneas onduladas o quebradas, desvinculadas de las típicas figuras antropomorfas que se observan en los Petroglifos.

PIEDRAS, TACITAS O MORTEROS

En una vegetación compuesta de arbustos pequeños, cactus y algunos árboles de escasos ramajes, se encuentran las Piedras Tacitas o Morteros. Existen en gran variedad y abundancia; se presentan en tres tipos: Cupuliforme, Elipsoides y Cuadrangulares. Tienen un diámetro que varía entre 10 y 15 centímetros y la profundidad de la excavación oscila entre 4 y 8 cms. Por su ubicación se cree que son contemporáneas a los petroglifos y pictografías; se utilizaron durante la ocupación del Complejo Cultural El Molle.

INVESTIGACIONES

Científicos chilenos han trabajado arduamente en la tarea de clasificar a qué cultura pertenecen estas manifestaciones rupestres, llegando a la conclusión que los petroglifos, aunque presentan una diversidad en estilos y técnicas, parecen corresponder al Complejo Cultural El Molle (siglo II-VII de nuestra Era. Las pictografías pueden ser manifestaciones más antiguas dentro del contexto, sin embargo, también ubicables dentro del Complejo Cultural El Molle.
Respecto de los estilos representados, los expertos señalan que están estrechamente vinculados a la actividad mágico religiosa, no sólo se refieren a la expresión ritual de un grupo humano, sino que, asimismo, a la ayuda sobrenatural en las actividades económicas representadas a través del arte rupestre, expresadas en la caza y pastoreo.

LA DONCELLA DEL VALLE DEL ENCANTO
El valle del limarí y sus ríos tributarios esconden un pasado prehispánico atesorado en múltiples sitios arqueológicos registrando el paso de cazadores y recolectores trashumantes desde el año 2000 a.c., quienes dejaron rastros de una economía basada en el manejo de ganados de llamas y alpacas. Su testimonio más rico pertenece al Valle del Encanto, que se funde con la “leyenda la doncella del valle del encanto”, narra la leyenda que una doncella realizaba misteriosas y fugaces apariciones en lo alto del peñón del encanto, resplandeciendo de oro su cabellera y alba de tules su figura.
“Por extraño encantamiento de malabares, unas naranjas de oro rodaban por el aire, yendo de una de sus manos a otra y viceversa, cuando alguien intentaba aproximársele, la figura se esfumaba sin dejar rastro alguno, quiso en una de esas misteriosas apariciones que la viera un indígena, el cual se prendó de tal belleza y, poseído por una obsesión rayana en lo pertinaz, día y noche aguardo tan esperada presencia, muchas veces la volvió a ver, y cegado, raudo se le aproximaba, pero, tal cual era el designio, cuando más se acercaba, la figura íbase desvaneciendo hasta desaparecer completamente.
Así el hechizo, más una noche estrellada, el obcecado hombre logró llegar sorpresivamente hasta ella y, al extender los brazos para cogerla la luz dorada que despedían sus cabellos y las naranjas de oro lo cegaron. Cerró fuerte los ojos doloridos, y al reabrirlos, comprobó que el encanto había desaparecido, loco por el dolor punzante, decepcionado por la cruel realidad de sus manos vacías, se arrojó desde lo alto del peñón al vacío, su cabeza azotó contra la mesa bajo la piedra del peñón, terminado así con su miserable existencia y su ilusión amorosa rota”